¡NOS VAMOS DE LA ESCUELA!
¡NOS VAMOS DE LA ESCUELA!
Por César León
¡Nos vamos de la escuela! Sí, nos vamos. Nos vamos y ya no regresaremos,
al menos por un tiempo. ¿Cuánto? Aún no lo sabemos, pero nos vamos. Las razones
son muchas y todas de peso.
Nos vamos por amor, por amor a nuestra familia y a nuestros hijos. Por amor a la vida y porque creemos que es posible empezar a construir una sociedad diferente, bajo un nuevo paradigma.
Nos vamos porque ya no podemos esperar a que las cosas cambien, nos vamos porque estamos convencidos que la “REFORMA EDUCATIVA” empieza en casa.
Nos vamos porque las escuelas de hoy, porque la escuela como institución,
como filosofía de vida, no satisface las necesidades actuales de nuestros hijos
ni de la sociedad en su conjunto. Y no lo hace, porque prácticamente se ha
mantenido sin cambios durante más de doscientos años.
De hecho, si lo pensamos un poco, la idea de la “escuela tradicional” de
“enseñarle” a 20 o más niños con diferentes estados de desarrollo, diferentes
formas de aprehender, con diferentes intereses, y aun así pretender enseñarles
lo mismo, al mismo tiempo, de la misma forma y en el mismo lugar, ya suena poco
viable. Sobre todo si consideramos que la curiosidad, la motivación y el
interés por aprender cualquier cosa son intrínsecos, nacen del individuo, de
nadie más. Nacen de sus propias necesidades y no se las podemos imponer.
La neurociencia y la neuroeducación lo tienen claro. Como lo explica la
neurobióloga Nora Sarmiento: Hay un principio del cerebro, lo que el cerebro no se ha
preguntado no lo puede responder. Si
nuestro hijo no se lo pregunta, no hay respuesta que buscar. Los niños
necesitan cuestionarse, identificar una necesidad para buscar la manera de
responderla.
Ya lo dijo Paulo Freire “Estudiar no es
un acto de consumir ideas, sino de crearlas y recrearlas”.
Dejamos la escuela porque la idea de educación que nació durante la
revolución industrial, surgió bajo el paradigma de los principios del modelo de
producción industrial en cadena de montaje. Sí, aunque hoy nos parezca absurdo.
Entonces se consideraba que la educación de un niño era comparable a la
manufactura de un producto, enfoque que continúa existiendo en muchas de las
escuelas actuales.
En aquella época (hace más de doscientos años) el reto debió haber sido
enorme. Iniciaba la transición de dos civilizaciones distintas, la vieja civilización
agrícola a la naciente civilización industrial, como lo dijera Alvin Tofler
durante los setentas. Lo que se buscaba con las escuelas era llevar a las
fábricas a los campesinos y formarlos como obreros.
Te propongo el siguiente ejercicio. Imagínate que fueras el dueño de una
de esas primeras fábricas y necesitaras concebir el perfil ideal de tus
trabajadores (obreros) para garantizar buenos resultados y razonables
ganancias. Tratemos de ponernos en sus zapatos.
Quizá, sólo quizá, te interesaría que tus trabajadores aprendieran a ser
puntuales, a escuchar, a seguir órdenes, a estar sentados y callados
“trabajando”, a permanecer en su lugar. Probablemente, para economizar tiempo y
recursos, les enseñarías que cometer un error está penalizado. Un pequeño error
de los trabajadores podría representar importantes pérdidas económicas.
De igual forma, tampoco estaría bien visto que se pusieran creativos.
Habría que enseñarles que solo hay una metodología y una respuesta correctas. Cualquier
intento por salirse de ese molde tendría que ser descalificado. Cada obrero
tendría que ser igual, una réplica del otro. Un engrane más de la maquinaria
perfecta.
Probablemente, por cuestiones de practicidad, buscarías enseñarles que
el patrón es quien dice qué hacer, cómo hacerlo, cuándo hacerlo y en qué tiempo.
Quizá tendrías que enseñarles que aunque no les interese ni les guste,
tienen que hacer lo que les pides y además, en el tiempo y forma solicitado.
Que todo esto es por su bien.
Quizá te parezca rudeza innecesaria, pero pudiera ser que también tuvieras
que idear mecanismos de persuasión. Condicionarlos a que si se comportan como tú
esperas que lo hagan, habrá premios o ciertos privilegios, de lo contrario obtendrán
castigos, recorte de privilegios o hasta insultos y descalificaciones frente a sus
compañeros.
Fin del ejercicio. ¿Cómo lo viste? ¿Te pareció exagerado? Ahora la
pregunta es la siguiente:
¿Algo de lo expuesto anteriormente te
recordó la forma en que funcionan muchas de las escuelas en la actualidad?
MI RESPUESTA ES QUE SI, que las coincidencias son muchas, más de las que
como sociedad deberíamos de tolerar. En la actualidad, la mayoría de las
escuelas tratan a nuestros hijos como si todos los niños fueran iguales, como
si les interesara lo mismo, incluso como si sólo hubiera una forma correcta de
ser y de comportarse. Como si fueran tan sólo un engrane de una gran maquinaria
¿al servicio de quién?
La realidad es que cada ser humano es diferente, entonces ¿por qué
utilizar un sistema para educar a todos de la misma manera?
Basta recordar la teoría de las 8 Inteligencias Múltiples de Howard
Gardner: lingüístico-verbal, lógico-matemática, viso-espacial, musical, corporal-cinestésica,
intrapersonal, interpersonal y naturalista; sin ir más lejos, ¿no crees?
Los niños tienen 100 lenguas, 100 maneras de pensar, 100
maneras de jugar, 100 maneras de soñar, pero les roban 99. La escuela los
estandariza bajo una sola forma de ser, de pensar y de hacer.
Loris
Malagusi
Por esto y por muchas razones más es que nos vamos de la escuela, nos alejamos, y a partir de este próximo ciclo escolar, nos bajamos de ese tren.
La “escuela tradicional”, con
su filosofía y su currículum oculto le ha enseñado a nuestro hijo falsas
concepciones sobre su persona y sobre la vida en general.
Concepciones que, con la ayuda de nosotros sus padres, ahora tendrá que
desaprender y para lo cual será necesaria una severa fase de desescolarización.
En la escuela, a mi hijo le enseñaron que se aprende encerrado en un
aula, sentado, callado, escuchando y obedeciendo a la autoridad. Que aprender
no es un placer sino una obligación. En la escuela le fueron matando la
curiosidad y la iniciativa; al decirle lo que tenía que hacer, cómo debía de
hacerlo, con qué color, en qué lugar y en qué tiempo y que cualquier variante
era penalizada.
No entiendo como después de años de educarlos así, los docentes y directivos se extrañan que los niños pierdan su iniciativa, creatividad y las ganas de aprender. Está comprobado que en los niños escolarizados, el pensamiento divergente y la creatividad son inversamente proporcionales a su estancia en las escuelas.
Los niños están hechos de ilusión, de creatividad, de
imaginación y de curiosidad, pero las más de las veces, estos elementos, que
son la esencia de los niños, se quedan fuera del aula, no se les da permiso de
entrar. Nuestros hijos entran, se convierten en seudoadultos y sólo se dedican
a reproducir lo que el maestro dice y rara vez se les permite producir.
César Bona
En la escuela también le enseñaron qué sólo hay una metodología válida y
sólo existe una respuesta correcta, pero en la vida real esto no es así.
Aprendió que el error se penaliza, que está mal equivocarse, cuando
sabemos que esto tampoco es válido para el mundo real; por el contrario, tenemos que enseñar a nuestros hijos a
experimentar diferentes formas de hacer las cosas, a tomar riesgos, a fallar
cuantas veces sea necesario para lograr lo que quieren. No se puede aprender sin equivocarse. El
error y el fracaso son partes fundamentales de todo aprendizaje.
En la escuela, nuestro hijo aprendió que su opinión y sus necesidades no
importan o son menos importantes que las de sus maestros, incluso que debía
pedir permiso para ir al baño y que ese permiso se lo podían negar si se
portaba mal.
Aprendió que si se comportaba como ellos esperaban que lo hiciera, había
ciertos privilegios (buenas notas, permisos, abejitas, recreos y comentarios
favorables) de lo contrario había castigos (malas notas, cancelación del recreo
y regaños frente a sus compañeros) y que hasta podían mandar llamar a sus papás
para que juntos, maestros, directivos y padres, lo reprimieran.
Ahora recuerdo con dolor que hubo ocasiones que
reprendimos a nuestro hijo por desobedecer a sus maestros, por no comportarse
dentro del salón, por sus “pocas ganas de aprender”, por aburrirse en clases…
¡En qué estábamos pensando! Lo que sucede es que las escuelas
tradicionales son verdaderas prisiones en donde se mata la curiosidad, la
creatividad, la iniciativa y las ganas de aprender de nuestros hijos.
Cuando los niños no tienen autonomía en el aprendizaje es
probable que todos se aburran.
John Holt
Como ya lo mencioné, en la mayoría de los casos, nuestros hijos se encuentran entre la espada y la pared. Por un lado los maestros, directivos y escuela y por el otro, los padres de familia, apoyando un sistema educativo en crisis. Un sistema que no responde a las necesidades actuales ni a los nuevos paradigmas.
En la mayoría de las escuelas, se limita y
hasta se impide la iniciativa propia, en pro del cumplimiento de las reglas y
de la rigidez del sistema. De hecho, cualquier iniciativa que dificulte el
control de las personas y del grupo, es frenada por parte del maestro.
Aún más triste: Lo que la
escuela hace con nuestros hijos, también lo hace con los maestros, a través de
sus premios y castigos, puntuaciones, limitaciones, su burocracia…
En efecto, este mismo sistema también ha actuado sobre los maestros, en
la actualidad poco valorados, con bajos salarios, excesivo trabajo
administrativo, con serios problemas de motivación, altos niveles de estrés. Atrapados
en la misma rigidez de este sistema.
Por lo demás, hoy sabemos, gracias a las neurociencias,
que existen las “neuronas espejo” y los maestros transmiten su estado a los
pequeños.
Nora Sarmiento
Vivimos en épocas de mucho malestar docente por muchas razones, pero una de ellas (creo yo) nada menor, es que los profesores sienten que lo que hacen ya no sirve de tanto.
Melina Furman
Hasta aquí sólo algunas de las cosas
que mi hijo aprendió en la escuela. Pero ¿qué hay de lo que no aprendió,
de lo que no le enseñaron?
Después de tres
años de preescolar y dos de educación primaria, mi hijo no se conoce más que al
principio; no le han permitido saber lo que le gusta, le interesa o le apasiona.
No ha tenido tiempo de explorarse y explorar su entorno de acuerdo a sus
propios intereses. Tampoco han estimulado su curiosidad.
En estos cinco años, la escuela tampoco ha contribuido a que mi hijo
adquiera competencias emocionales. Entendidas estas, como la capacidad para
gestionar de manera adecuada un conjunto de conocimientos, capacidades,
habilidades y actitudes necesarias para tomar conciencia, comprender, expresar
y regular apropiadamente los fenómenos emocionales y afectivos.
No le han ayudado por ejemplo a identificar la conciencia emocional, la
regulación emocional, la autonomía emocional, la sociabilidad. Y ni qué decir
de las habilidades blandas relacionadas con la creatividad, resiliencia y la
empatía, entre otras.
Tampoco le han enseñado estrategias para automotivarse y a entender que
los fracasos son oportunidades para crecer, si se procesan adecuadamente.
Peor
aún, en estos cinco años la escuela no le ha fomentado las competencias para
pensar.
Los conocimientos se le presentan como si fueran un producto terminado
que hay que consumir, que memorizar. En la educación actual, el “aprendizaje”
se basa en la trasmisión de conceptos, datos, fechas y la mayoría de las
preguntas son fácticas, del tipo ¿Qué es un ecosistema?, ¿Qué es rotación,
traslación? Pero pocas veces se les plantean preguntas que les ayuden a pensar
o lo que se conoce como preguntas
productivas. Preguntas desafiantes, que presenten cuestiones
intrigantes, que a uno le den ganas de responder.
“Muchos
dicen que la escuela no le está enseñando a los chicos a pensar. Yo creo que es
mucho peor. Les estamos enseñando a no pensar. En la escuela sólo se recurre a
preguntas fácticas”
Melina
Furman
La escuela tampoco le ha enseñado a mi hijo a tener ideas grandiosas, no
ha fomentado su capacidad de hacerse sus propias preguntas y tratar de
responderlas él mismo, ya sea investigando o diseñando sus propios experimentos
para obtener resultados, analizar la información obtenida y formular
conclusiones. Y esto lo sabemos, en la escuela tradicional no se fomenta la
enseñanza por indagación, tampoco el diseño experimental, el pensamiento
científico, ni se fomenta el hábito del aprendizaje profundo.
No se fomentan modos de pensar basados en la evidencia y el razonamiento
cuidadoso.
En pocas palabras, la escuela no le
ha enseñado a mi hijo a generar
conocimientos de manera activa. A generar sus propios conocimientos desde la
observación de algún fenómeno o algo que llame su atención; a cuestionarse y a
buscar sus propias respuestas. No le han enseñado a plantearse hipótesis y con
base en ellas, diseñar sus propios experimentos. Tampoco le han enseñado a
medir ni a registrar información orientada a estos fines. No obstante que todos
lo sabemos: se aprende observando, ideando, experimentando, comparando y
analizando la información obtenida.
La escuela no ha contribuido a desarrollar en él el pensamiento crítico,
a debatir ideas ni a construir argumentaciones o contra argumentaciones.
Tampoco acerca de metacognición. Entendida como la capacidad de reflexionar sobre procesos de pensamiento y del propio aprendizaje Qué sé y qué no sé. Qué me falta o qué necesito saber para responder a tal o cuál pregunta, etc.
Hoy sabemos que estas habilidades de investigación y de
generación activa de conocimientos y experiencias se deberían de potenciar
desde la educación preescolar y no se está haciendo. Es un grave error pensar
que sólo es posible “enseñárselas” a los jóvenes.
La escuela tampoco le ha enseñado a mi hijo a convivir con sus
compañeros y maestros de manera democrática y respetuosa.
Por lo general, dentro del aula se les prohíbe hablar entre ellos; a tal
grado que si lo hacen les llaman la atención. En la “escuela tradicional” apenas tienen tiempo de convivir durante el
recreo; así es que es falso que aprendan a socializar y a convivir con sus
compañeros.
Si en verdad deseamos que socialicen entre ellos y que practiquen
habilidades de convivencia, deberían diseñarse actividades centradas en ese
propósito y practicarlas en libertad, de manera democrática y bajo principios
de escucha activa.
Estas son sólo algunas de las cosas que la “escuela tradicional” no le enseñó a mi hijo a lo largo de cinco años,
en donde pasó de cinco a siete horas diarias; de lunes a viernes y en las que
además a menudo se llevó tarea para realizar en casa.
Por otro
lado: Los niños deberían disfrutar de su
infancia y los padres disfrutar a sus hijos. Los niños deberían ser felices en
la escuela y felices de aprender y nada de esto se está cumpliendo actualmente.
A manera de antecedentes
Recuerdo que desde los primeros meses me sorprendía ver que mi hijo,
como todos los niños, ya era un gran científico.
Nacen con una gran capacidad de observación, guiada por una enorme
curiosidad. Si algo llama su atención lo observan cuidadosamente y además lo
hacen con gran concentración. Manipulan el objeto para estudiar sus
propiedades, experimentan con él. Lo prueban, lo tocan, lo tiran al piso una y
otra vez y más tarde, cuando crecen y ya saben hablar, te preguntan y por qué
esto y por qué aquello y por qué lo otro. Y quienes hemos convivido con niños,
sabemos que así es, que son curiosos por naturaleza.
Mi hijo aprendió de manera autodidacta a hablar y a caminar, lo cual me
tocó vivir muy de cerca. Yo estaba junto al él cuando dijo sus primeras
palabras (mamá, papá, teta, agua, etc.); También vi de cerca sus intentos de
gateo, su gateo y la primera vez que dio tres pasos sin caerse y de ahí hasta
verlo caminar.
Pero si esto es así, si son tan curiosos y les gusta aprender, entonces
¿qué les pasa después de un tiempo de asistir a la escuela?, ¿por qué cambian?
Para mí los más grandes logros de mi hijo en ese entonces eran
precisamente hablar y caminar, porque lo había aprendido sólo. No obstante, años
más tarde en preescolar, descubrí que las maestras le decían todo el tiempo “siéntate
y cállate”.
Cuando estaba en segundo año de preescolar, mi hijo aprendió a leer y a
resolver operaciones básicas, prácticamente de forma autodidacta; sin embargo,
durante toda su estancia en preescolar nunca le otorgaron un diploma ni
reconocimiento por su aprovechamiento y la explicación siempre fue que se debía
a su indisciplina. Hecho que no debió haber ayudado a su autoestima.
Ya en primaria, del mismo instituto donde curso preescolar, los
problemas de conducta se agravaron. Las quejas eran siempre las mismas: era muy
inquieto, no seguía instrucciones, no quería trabajar y se paraba de su lugar,
distrayendo así a sus compañeros de clase.
Ya desde mediados del primer año de primaria, los maestros y directivos
del colegio nos recomendaron llevarlo con un psicólogo. El motivo que nos
expusieron fue que nuestro hijo presentaba Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad
(TDAH).
Atendiendo a su solicitud acudimos al psicólogo, en donde a lo largo de
varias semanas, a nuestro hijo le fueron realizadas varias pruebas y
entrevistas.
Entonces supimos que, de acuerdo con los resultados de las pruebas,
nuestro hijo presentaba un cociente intelectual (CI) muy por encima de lo
normal. Es decir, que era un niño superdotado y que sus mediciones lo colocaban
a más de dos desviaciones estándar a la derecha de la media. En otras palabras,
de lo que se considera normal.
No voy a negar que el resultado nos tomó por sorpresa y es que, aunque
uno conoce mejor que nadie a sus hijos, en ese entonces no teníamos muchas
referencias, pues se trataba de nuestro primer hijo. Con el tiempo hemos ido
atando cabos y entendiendo el porqué de muchos de sus comportamientos, tanto en
lo emocional como en lo cognitivo.
Total que con esos resultados nos presentamos ante los maestros y
directivos de su escuela. La sorpresa de ellos resultó mayor que la nuestra.
Nos comunicaron que nunca habían tenido un caso de superdotación y que por eso
ellos no lo habían detectado. Que les sugiriéramos cómo brindarle de mejor
forma el servicio educativo a nuestro hijo.
Aquí cabe mencionar que en nuestro país, al menos dos o tres niños de
cada cien (3%), presentan superdotación. Por lo que es obvio que han pasado
muchos niños superdotados por esa institución pero no han sido detectados.
En fin. Sirvan estos antecedentes para sostener que la rigidez del
sistema educativo tan propio de la “educación
tradicional” no le permite atender a la diversidad ni a las necesidades
educativas de todos aquellos que se alejan de la norma, incluidos por supuesto
los niños con superdotación intelectual.
El proceso de desescolarización
Como ya expuse, la escuela tradicional fomenta ideas erróneas sobre el
aprendizaje y sobre la vida en general. Ideas y concepciones que el niño debe
desaprender para aprender otras más acordes con sus intereses, con la filosofía
de vida de sus padres y de su familia y más acordes con las necesidades y
exigencias del entorno en que se desarrolla. De ahí que sea necesario que él,
junto con sus padres, experimenten un proceso profundo de desescolarización.
Algunos de los aspectos que comúnmente se incluyen como parte de la
desescolarización son los siguientes:
- Aprender que hay otras formas de aprender alternativas a la escuela tradicional (aprendizaje no formal e informal).
- Desaprender que aprehender es una obligación y no un gozo.
- Aprender que el aprendizaje es permanente y continuo; que ocurre en todo lugar y en todo momento, que no hay un sitio ni horario para aprender.
- Alentarlo y ayudarlo a que retome la curiosidad y la creatividad que se le fue apagando en la escuela.
- Aprender que el error no está penalizado, que es parte del aprendizaje si se analiza y se incorpora como un nuevo conocimiento.
- Aprender que él es el responsable de su propio aprendizaje y que sus intereses, gustos y sus propias necesidades serán las que guíen su aprendizaje.
- Aprender a no esperar que siempre se le diga qué hacer, cómo hacerlo y cuándo hacerlo. Promover su iniciativa.
Cuatro principios que considero básicos
sobre la educación y el aprendizaje
1. Los principales
educadores y responsables de la educación de los hijos son los padres, lo hagan de manera consciente o inconsciente. Al
respecto, alguien dijo una vez “no te
preocupes por lo que les has querido decir o ensañar a tus hijos y no les has
dicho, ellos te han observado todo el tiempo”. Aprenden más de tu ejemplo
que de lo que les puedas decir.
2. El aprendizaje es
continuo y la educación permanente. Es decir, ocurre
durante toda la vida y en todas partes; no se restringe a un espacio (aula) ni
a un horario (horario de clases), tampoco termina una vez que concluyes una
carrera universitaria o dejas de asistir al colegio. El aprendizaje se da
durante toda la vida.
3. Existen diferentes
maneras de aprender; aprendizaje formal (el colegio), no formal (cursos, talleres, etc.) y el
aprendizaje informal (museos,
teatro, viajes, Internet, libros, revistas, charlas con los amigos y demás
personas, etc.); diferentes especialistas en educación opinan que el
aprendizaje informal gana más terreno cada día.
4. La curiosidad, el
interés, la motivación, la atención y por tanto el aprendizaje, son intrínsecos. Surgen del propio individuo ya sea por interés o
por sus propias necesidades. De ahí que no creamos en la educación directiva. Por
el contrario, estamos a favor de la educación alternativa, libre. Del
aprendizaje vivencial y experiencial, del aprendizaje auto dirigido, autónomo y
más concretamente, del aprendizaje y de la educación en familia.
Entonces ¿qué sigue? ¿Cuál es la
opción educativa para nuestros hijos y para nosotros como familia?
Por lo expuesto hasta ahora, a estas alturas quedará claro que, por el
momento, la “escuela tradicional” no
es una opción acorde con la manera en que concebimos la educación; tampoco lo
son la educación basada en los métodos Montessori, Waldorf ni las demás modalidades
de escuela activa que actualmente conocemos.
El homeschooling, o escuela en
casa, tampoco; ya que no se trata de llevar el mismo modelo de la escuela a la
casa; no obstante que se pudiera enriquecer, personalizar y hasta extender
hacia aprendizajes que consideremos más prácticos.
No llevarse la escuela a casa incluye la idea de NO regirse por un plan
o programa de estudios; ni por el esquema de asignaturas y evaluaciones que
caracterizan a la escuela tradicional.
Por el contrario, si nos vamos de la escuela, es
porque buscamos cambiar el paradigma. En pocas palabras, se trata de impulsar una
filosofía de vida diferente y que no es compatible con los sistemas
tradicionales ni directivos.
Antes aclaré que estamos a favor de la educación no directiva y del
aprendizaje autónomo. De ahí que la opción educativa que elegiremos es el
aprendizaje en familia, también denominado Unschooling o aprendizaje no
escolarizado; aprendizaje sin escuela.
¿Qué es el Unschooling?
La traducción del término Unschooling
es “aprendizaje sin escuela” o “aprendizaje fuera de las aulas” y
surgió a finales de los años sesentas y principios de los setentas, en
oposición a la “escuela tradicional”.
El Unschooling no es un método
educativo. Es una filosofía de vida; una manera diferente de concebir la
educación, el aprendizaje y las capacidades de los niños para aprender.
Cuando aprenden a su manera y por sus propias razones, los
niños aprenden más rápido y mejor de lo que nosotros podríamos enseñarles,
podemos permitirnos tirar el currículum y los horarios y podemos dejarles
libres, al menos la mayor parte del tiempo, para que aprendan por sí mismos.
John Holt
La filosofía Unschooling acoge
las ideas del aprendizaje vivencial y experiencial; del aprendizaje natural, autónomo,
autodirigido, autodidacta y libre. Del aprendizaje en familia de manera
permanente y continuo; formal, no formal e informal y en donde cada integrante
de la familia construye sus aprendizajes, basados en sus intereses, necesidades
y gustos.
Pensamos en términos de adquirir primero una habilidad y
luego encontrar cosas útiles e interesantes que hacer con ella. La manera más
sensata, la mejor manera, es comenzar con algo que sea valioso de hacer y
luego, movido por un fuerte deseo de hacerlo, adquirir las habilidades que sean
necesarias.
John Holt
En el Unschooling, el
aprendizaje no se limita a un espacio físico ni a un horario; tampoco a unos
años de instrucción. Mucho menos a un programa de estudios ni a unas asignaturas,
como tal.
Los niños ven el mundo como un todo. No lo dividen en pequeñas
categorías herméticas, como los adultos tendemos a hacerlo. Es natural para
ellos brincar de una cosa a otra y realizar el tipo de conexiones que raramente
se realizan en clases formales y libros de texto. Crean sus propios caminos
hacia lo desconocido, caminos que nunca pensaríamos en hacer para ellos…
John Holt
En el Unschooling el
aprendizaje supera por mucho las diminutas dimensiones y recursos de un salón
de clases. La escuela es el mundo y se construye con todas las experiencias que
nos ofrece el día a día. Se alimenta de las situaciones didácticas que nos
ofrece en todo momento la vida real (mercado, parque, muesos, libros, viajes,
charlas, Internet, etc.); así como de las que la propia familia genere para
apoyar su aprendizaje.
En el Unschooling la educación
y el aprendizaje no se restringen a los hijos, bajo la idea de que los padres
ya egresaron de la universidad y terminaron sus estudios. Por el contrario, la
familia en su conjunto se traslada y habita en la zona de aprendizaje, continuo
y permanente.
Nuestros hijos aprenden de nuestro ejemplo y sólo a través del ejemplo,
el compromiso, la comunicación y la congruencia podremos apoyarlos e
inspirarlos.
En este punto me interesa destacar que existen tantas
variantes de Unschooling como familias que lo practican. Es decir, cada familia
lo implementará de acuerdo a sus visiones, principios, necesidades,
metodologías y recursos.
El papel de los padres en el Unschooling
Desde que expuse los cuatro principios que considero básicos sobre la
educación y el aprendizaje, en primer lugar mencioné que los principales educadores y responsables
de la educación de los hijos son los padres, lo hagan de manera consciente o
inconsciente.
De ahí que personalmente considere que el papel de los padres dentro del
Unschooling es fundamental e
irremplazable. Considero que se trata de un principio y de un valor tan
fundamental que no debería ser completamente delegado a terceros.
Como también lo mencioné al principio del texto:
“Nos vamos de
la escuela por amor, por amor a nuestra familia y a nuestros hijos. Por amor a
la vida y porque creemos que es posible empezar a construir una sociedad
diferente, bajo un nuevo paradigma”.
“Nos vamos de
la escuela porque ya no podemos esperar a que las cosas cambien, nos vamos
porque estamos convencidos que la “REFORMA EDUCATIVA” empieza en casa”.
Por todo lo
anterior, seremos nosotros, mi esposa y yo, quienes acompañaremos a nuestros
hijos en su aprendizaje, pero no se entienda éste como un acompañamiento pasivo
o sin propósitos claros.
Tampoco desde el
aislamiento que pudiera suponer el alejarse de la escuela. Por el contrario,
desde un aprendizaje que abarca mucho más que la diminuta aula de una escuela
tan aislada y desfasada del mundo actual.
Finalmente, como
ya lo expuse, tenemos muy claro lo que la “escuela
tradicional” le enseño mal y también lo que no le enseñó y debería de
haberle enseñado a nuestro hijo, así como todas las necesidades no atendidas
por la escuela como institución educativa.
Sobre esas bases y
muchas otras, que no he podido abordar en este texto, desarrollaremos nuestro
proyecto de Unschooling o aprendizaje en
familia.
¿Qué
he aprendido de todo esto? Que los niños aman aprender y son extremadamente
buenos en ello. A este respecto no tengo ninguna duda.
John Holt
En próximos textos
iré profundizando en muchos de los temas aquí abordados y en los que ya no
incluí por cuestiones de espacio; entre ellos sobre la certificación de
estudios, los mitos de la desadaptación del niño Unschooler, entre otros, así como también les iré contando nuestras
experiencias en esta nueva etapa que hoy iniciamos.
¡De
ahí que no les digamos adiós, sino hasta pronto!